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domingo, 3 de abril de 2011


Imaginemos una brújula. No una de esas brújulas tan extrañas que nadie sabe ni siquiera como funcionan, yo me refiero a las brújulas que pueblan los sueños de los niños, las brújulas que nunca faltarían en el bolsillo de cualquier pirata. Es decir: una brújula que tenga grabadas una E, una W, una S y una N, nada más que esas cuatro letras, y una aguja que siempre apunte al norte, sólo al norte.
Mi brújula es idéntica a aquellas, lo que cambia es lo que expresa cada una de sus cuatro letras.
La E, el este, el lugar desde el cual sale el Sol todos los días. El este está plagado de comienzos. Del comienzo de una amistad, de un nuevo amor, de una nueva etapa, de una sonrisa, de una lágrima.
L W, el oeste, el inverso del este. El oeste, como todos podeis imaginar, no es más que todos los finales de nuestra historia. Del final de una amistad, de un viejo amor, de una vieja etapa, de una sonrisa, o de una lágrima.
La S, el sur. El sur, depende de nuestros sueños. Los objetivos que nos marcamos cada día, están allí, apiñados en una mente creativa, que sabe seguir siendo un niño.
Y por último, la N, el norte. Ahí es donde apunta mi brújula. El norte es nuestra propia felicidad. El norte consiste en que después de vivir un comienzo, de vivir un final, de lograr cumplir nuestros sueños, o de haberlos perdido, aún después de todo eso, el norte consiste en que consiga levantarme, coger mi querida brújula, y crear una nueva ruta. Una ruta que no tenga este, oeste, norte o sur. Una ruta que consista en ir donde yo quiera ir.
¿A dónde llegaré? Nadie lo sabe, esa es lo más tierno de mi pequeña aventura.

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