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jueves, 29 de diciembre de 2011

¿Quién dijo que los fantasmas del pasado no existen?

No sabía qué le había impulsado a cogerle el coche a su padre sin permiso, ni por qué aturdida lo condujo hacia aquel entorno. Presa de los fantasmas del alcohol de la noche pasada, su pesadilla se prolongaba en forma de una resaca inhumana hasta el día siguiente. El chico con el que había compartido algo más que besos seguía palpitando en sus sienes de forma violenta, advertencia. Uno de esos romances camaleónicos en los que el hombre experimenta una metamorfosis: inocentes miradas al principio, y tras chorros de alcohol, desenfrenado en busca de las posturas más guarras. Eran espejismos de sudor y de ropa desabotonada lo que le empujaba, imágenes como tormentas de niebla en un día nublado. Y cuando su cerebro quiso, sus piernas frenaron de golpe y se derrumbó.

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